Martes, 19 Junio 2018 13:00

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Ser modelo de artes plásticas puede resultar  doloroso. Hay poses tan difíciles que a los cinco, diez minutos, el cuerpo comienza a temblar.

Y hay que soportarlo durante, digamos, media hora. En no moverse demasiado está, en parte, la diferencia entre un modelo profesional y un principiante o quien se dedique al oficio solo por dinero. 

En esta ocasión, por fortuna para ella,  la pose es sencilla. Carolina Rubio está acostada boca abajo en una mesa de madera a la que le han puesto una sábana blanca. Su pie derecho está apoyado sobre su pantorrilla izquierda. Su mentón lo ubica sobre sus brazos entrecruzados, que le sirven de almohada. Por momentos, cierra los ojos. Como si en vez de posar, meditara.

Cuando llega a ese estado de relajación, a veces le sucede, experimenta una especie de flashback de las miradas de los estudiantes de pintura. Recuerda el movimiento de la cabeza de cada uno, que miran su cuerpo desnudo y enseguida vuelven al caballete, una y otra vez, durante las dos horas que dura una sesión. Como si en vez de artistas aprendices, fueran espectadores de un partido de tenis. 

 

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